La combinación de distintos materiales hace que un golpe que antes podía resolverse trabajando la chapa requiera hoy otros procesos o incluso la sustitución de determinadas piezas.
La expresión chapa y pintura sigue siendo la habitual cuando hablamos de reparación de carrocería en un coche. Sin embargo, lo que hay debajo de la pintura ha cambiado mucho en los últimos años.
Las carrocerías actuales combinan acero convencional, aceros de alta y ultra alta resistencia, aluminio y otros materiales. El objetivo es conseguir estructuras más ligeras y resistentes, pero esta evolución también está teniendo consecuencias cuando el vehículo llega al taller después de un accidente.
Un análisis realizado por Solera sobre 200 modelos permite ver la diferencia respecto a los vehículos de hace dos décadas. En los coches de 2005 la chapa tenía un protagonismo prácticamente absoluto, mientras que ahora otros materiales ocupan una parte mucho mayor de la carrocería. En los modelos coreanos analizados, por ejemplo, la chapa representa actualmente el 69% y el acero de alta resistencia alcanza el 26%. En Tesla, el aluminio llega al 39%, frente al 16% de la chapa.
Un golpe ya no determina por sí solo cómo se reparará
Daños que a simple vista pueden parecer similares en distintos vehículos, pueden requerir intervenciones diferentes dependiendo de la zona afectada y del material utilizado en ella.
Los aceros de alta y ultra alta resistencia se emplean cada vez más en elementos de la estructura del vehículo. Sus propiedades permiten mejorar la protección de los ocupantes, pero también condicionan las operaciones que pueden realizarse cuando sufren daños. En determinadas zonas, la reparación tradicional puede no ser posible y la sustitución del elemento pasa a ser la alternativa prevista.
Con el aluminio ocurre algo diferente. Sus propiedades y su comportamiento obligan a utilizar procedimientos y herramientas específicos para determinadas operaciones de reparación y unión. No se puede tratar simplemente como si fuera una pieza de acero.
Esto tiene una consecuencia directa sobre la valoración de los siniestros. El tamaño del golpe ya no explica por sí solo la dificultad de una reparación de carrocería. También importa qué pieza ha resultado dañada, qué material se ha utilizado en su fabricación y qué posibilidades existen para devolverla a sus condiciones originales.
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